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miércoles, 27 de enero de 2010

Opinión: POR QUE PROTESTAMOS CONTRA LOS GUARDARRAÍLES


A menudo me preguntan mis conocidos, el porqué de esa protesta tan peculiar, y la razón de tanto insistir en una causa tan compleja.

En realidad de compleja no tiene nada, simplemente es como cuando por obligación te toca pagar la contribución, que te jodes y la pagas, solo que en este caso, como el deber es del estado, se lo pasa por el forro, como tantas y tantas cosas. Además en este caso, el deber es moral, por lo que con mas razón nos entretiene con estrategias de engaño y desvío de la información.

Para que lo sepais, un motorista que impacte contra un guardarrail a 30 Km/h, posiblemente perderá una extremidad o la dejará seriamente lesionada si esta recibe el golpe. Si quereis comprobarlo, sacad la mano por la ventanilla del coche y haced que el chófer pase cerca de una señal de tráfico para que le deis una palmadita con la mano muerta a esa velocidad, ya me contareis...

Esto lo digo por aquellos que estais ya pensando, "es que los motoristas estais todos locos...", pues bien, no voy ni a contestar a ello, cada cual con su pensamiento, pero por favor, pensad en serio...


Nosotros, los que circulamos en moto normalmente para desplazarnos, no para sentirnos Jorges Lorenzos, si no, para desplazarnos o para disfrutar del mundo de la moto, somos los primeros a los que nos hace pupita el caernos, por lo que, a parte de cuatro insconscientes que van buscándose la ostia cada día, circulamos con todos los sentidos puestos en el respeto al resto de conductores y en los peligros de la carretera, pero ello no nos quita el derecho a pedir seguridad y la sustitución de elementos que ya de por si, son peligrosos para los conductores.

Cuando el número de motocicletas en España ya ronda los 5.000.000, se puede empezar a creer que el estado debería plantearse invertir un poco en estudiar el problema y en adecuar las vías a TODOS los conductores, sin perjudicar a unos para beneficio de otros.

Hace tan solo dos meses, el ejército estrena dos aviones bombarderos para uso militar. Van equipados con la última tecnología y parece ser, son la ostia. Además, nos servirán para defendernos DEL ENEMIGO. Señores!, del ENEMIGO!!!, pero....¿quien narices es "el enemigo"?, me lo vengo preguntando desde que hice la mili, allá por el 93, ya que entonces, me pasé 9 meses esperándolo y no lo vi... todavía sigo igual.
Se supone que será alguien que vendrá al país y nos exterminará.
Esto me lleva a pensar una cosa, no serán mas enemigos esos guardarraíles que están exterminando a los moteros por que si, y por que no les sale de sus santos huevos cambiar, ni aún cuando los sustituyen por rotura o por defecto???
Unos 600 moteros muertos al año por esta causa.
Alguien sabe cuantos mató la conocida banda terrorista el año pasado?
Alguien sabe cuantos mató el terrorismo islámico?
Alguien sabe cuantos mató la Gripe Porcina?
Alguien sabe cuantos murieron por Legionela?
Cuantos españolitos murieron en las Guerras en las que participamos, y para los cuales se compraron los dos avioncitos en cuestión, con el presupuesto de los cuales se podría haber sustituído el 60% de los guardarraíles de las carreteras?
Me gustaría saber sobre los presupuestos invertidos en estas causas que acabo de nombrar, en publicitarlas, en promoverlas, en utilizarlas como armas políticas y de desvío de información, y en hacernos creer que son los verdaderos problemas...

Para los que pensais en el fondo... "que se jodan los que van en moto", ahí van unas cuantas muestras gráficas de lo que os puede hacer a los que vais en coche...


También tengo imágenes de motos, pero esas no las cuelgo, por cuestiones obvias.
V'Ssss

lunes, 25 de enero de 2010

Opinión: LEED ESTO AQUELLOS A LOS QUE OS DUELE QUE SECUESTREN COOPERANTES CON PANTALÓN DE MARCA...




Por: Arturo Perez Reverte

El Síndrome del Coronel Tapioca


Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario Pueblo los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse.

Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto. Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí.

Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá –de sirios y troyanos, oí decir el otro día–. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir.

Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí –imagínense cómo se agobian éstas– y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.

Y claro. Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa.

Autor: Arturo Pérez Reverte
Fuente: XLSemanal Nº1159